
Hermoso, sobrecogedor.
Él mismo nos cuenta:
Impresionante. ¿La Novena Sinfonía asociada al rechazo, al recuerdo de la muerte y la depresión de un hombre al punto de aborrecerla y retirarse del lugar donde la tocan?
Interesante el ejercicio de Carpentier de hacer este quiebre drástico con lo convencional y presentar la archiconocida, aceptada y valorada obra de Beethoven como un elemento de rechazo, y en un inteligente diálogo entre música y literatura, mostrarla a lo largo de la obra como un punto de referencia, porque la relación del protagonista con la Novena Sinfonía no termina aquí... ¿Cuál será la causa de este rechazo tan profundo?
En un segundo momento de la novela, el músico se vuelve a encontrar con la conocida obra, pero esta vez en un contexto muy diferente. En esta ocasión el sonido proviene de una vieja radio, que se encuentra en la cocina de la posada en la que se hospeda, camino a la selva. El protagonista ha viajado desde la metropolis norteamericana en la cual reside desde hace años, y en la cual ejerce el oficio de compositor de música para marcas comerciales, a Venezuela, o más bien a la selva venezolana, su destino final,;donde espera encontrar ciertos instrumentos musicales aborígenes, que le permitirán corroborar una elaborada teoría que él mismo ha inventado sobre el nacimiento de la música. La posada se encuentra a medio camino entre el mundo urbanizado, representado por ciudades y pueblos tipicamente latinoamericanos y un mundo natural cada vez más virgen e inexplorado. Es en esta etapa de su viaje, en la que ya ha recorrido altísimas montañas y extensos llanos, ha divisado profundos precipicios, "cimas y simas", como describe Carpentier; ha reconocido y recordado aspectos olvidados de sí mismo, recuerdos de infancia y juventud de su latinoamerica natal, en donde tiene lugar este segundo encuentro con la obra musical no querida. A diferencia de la anterior, esta vez el personaje no huye del lugar sino que escucha con atención, al reconocer que los sonidos que salen del aparato corresponden a la última obra completa escrita por Beethoven.
"Alguien había dejado prendido un aparato de radio, de viejísima estampa, entre las mazorcas y cohombros de una mesa de cocina. Iba a apagarlo cuando sonó dentro de aquella caja maltrecho, una quinta de trompas que me era harto conocida. Era la misma que me hiciera huir de una sala de concierto no hacía tantos días. Pero esta noche, cerca de los leños que se rompían en pavesas, con los grillos sonando entre las vigas pardas del techo, esa remota ejecución cobraba un misterioso prestigio. Los ejecutantes sin rostro, desconocidos invisibles, eran como expositores abstractos de lo escrito. El texto, caído al pie de estas montañas, luego de volar por sobre las cumbres, me venía de no se sabía dónde con sonoridades que no eran de notas, sino de ecos hallados en mí mismo. Acercando la cara, escuché. Ya la quinta de trompas era aleteada en tresillos por los segundos violines y los violoncellos; pintarónse dos notas en descenso, como caídas de los arcos primeros y de las violas, con un desgano que pronto se hizo angustia, apremio de huida, ante una fuerza de súbito desatada. Y fue en un desgarre de sombras tormentosas el primer tema de la Novena Sinfonía. Creí respirar de alivio en una tonalidad afirmada, pero un rápido apagarse de las cuerdas, derrumbe mágico de lo edificado, me devolvió el desasosiego de la frase en gestación. Al cabo de un tiempo sin querer saber de su existencia, la oda musical me era devuelta con el caudal de recuerdos que en vano trataba de apartar del crescendo vacilante aún y como inseguro del camino". (Pág. 85)
Este caudal de notas-recuerdos, surgidos al escuchar el primer movimiento de la obra, hace finalmente al protagonista rememorar el valor que su padre, un músico suizo-alemán interprete de corno y venido a Las Antillas al inicio de la Primera Guerra Mundial, otorgaba a la misma obra, reconociendola como el símbolo de una Europa que por sobre todo respetaba la sagrada vida del hombre. La imagen de obreros europeos que los domingos en lugar de ir a misa asistían con sus familias a escuchar la Novena, hizo al protagonista viajar a Europa a re-conocer esta realidad, tras la muerte de su padre. Sin embargo, lo que encontró en el viejo continente asociado a la obra musical fue algo muy distinto.
"Y lo peor fue que la noche de mi encuentro con la más fría barbarie de la historia, los victimarios y guardianes, y también los que se llevaban los algodones ensangrentados en cubos, y los que tomaban apuntes en sus cuadernos forrados de hule negro, que estaban presos en un hangar, se dieron a cantar después del rancho. Sentado en mi camastro, sacado del sueño por el asombro, les oía cantar lo mismo que ahora, levantados por un lejano gesto del director, cantaban los del coro:
Freunde, schöner Götterfunken,
Tochter aus Elysium!
Wir breteten feuer-trunken
Himlische, dein Heiligtum" (Pág. 94)
La más fría barbarie de la historia a la que se refiere, era en otras palabras la Segunda Guerra Mundial y el lugar donde el protagonista se encontraba, un campo de concentración alemán, donde junto a un grupo de soldados ejerció como interprete militar al final de la guerra. Fue allí donde realmente encontró la Novena Sinfonía.
Ahora podemos entender porque su relación con la obra más famosa de Beethoven era conflicitiva y contradictoria. Finalmente, cansado de recuerdos, aburrido de una obra llena de promesas incumplidas, de anhelos mesiánicos, apaga la radio, antes de que la obra termine, preguntandose como ha podido escucharla casi completa.
























